sábado, 23 de mayo de 2020

DE LAS CUARENTENAS

Imágen Luis Colucci, acrílico sobre cartón.
Quedó atrás aquel ímpetu por aprovechar el tiempo en casa, como ilusión de no perderlo o como desafío para transitarlo, de acuerdo a cómo nos acompañaran la disponibilidad de los espacios y el estado de ánimo.

Pasamos por diferentes sensaciones, desde el adentro forzado al afuera ahora temido en tanto riesgo difuso.
La  angustia se fue tornando en calma y costumbre; o tal vez en ansiedad o en abulia; y el encierro, en refugio y éste, en lejanía.
Cada cual lo vive, siente y transita desde su base que lo sostiene, con sus recursos e historia. Pero ahora aquí estamos todos. El mundo y cada uno y el mundo. Extraña soledad compartida.

Lo más difícil: la ausencia de encuentros reales; la falta de contacto corporal con las personas estrechas; el no saber hasta cuándo o el cómo nos reencontraremos... El temor de que eso tan deseado ahora signifique un peligro, de que parte de lo que somos quede atrapado en este limbo. 

Adentro, instalados en este adentro, paradójicamente, hay que hacerse del lugar propio, recortarlo, reservarlo, recrearlo y, si fuera posible, redescubrirlo para percibir ese sí mismo heterogéneo, y evitar perdernos en el estar continuo. ¿Cómo salimos?
Lo incierto en crudo ante nuestras fragilidades.

¿Cómo abrirse paso rasgando los velos que se vuelven densas cortinas? ¿Cómo resguardar los vínculos? ¿Cómo expresar amor? ¿Cómo calmar las ansias? ¿Cómo contener? ¿Cómo ser?
Lo que en parte nos forja está suspendido, lo que nos puede dar satisfacción, congelado.

Tal vez nos acompañe poder medir mejor cuánto. ¿Con cuánto alcanza? Poder sentir la tranquilidad suficiente, aún sin garantías, de que el cuidado cuide y que pueda cesar algo del abismo que acecha.
Al modo de la infancia que juega, poder hacer del monstruo un monigote que pierde su eficacia de pánico. 

Que la idea de excepcionalidad transitoria nos dé consuelo y confianza de poder volver a ser y hacer lo que nos enriquece y define.
Que podamos llorar, llorar, por lo cancelado, quizás no del todo perdido, o sí.

Que la libertad nos reconquiste, que la impulsividad venga a nuestro rescate, sin perder la vigilia. 
Que la ilusión le devuelva a la invisible capa protectora su poder omnipotente, cuando podemos sentir, en ese instante de inconciencia, la felicidad de la vida. 
Lic. Nora Spatola


domingo, 15 de marzo de 2020

Pandemia, reflexión desde una mirada psiconalítica

Imágen Luis Colucci, Obelisco 3, acrílico sobre cartón.
Dada la conmoción general en este momento de incertidumbre y preocupación ante la situación de la pandemia, es importante reflexionar al respecto y reforzar la concientización de los cuidados y medidas de prevención difundidas oficialmente para disminuir la propagación viral. Pero para ello también  es necesario evitar la desmesura que puede producir pánico o reacciones contraproducentes. 
El desconcierto que se vive (con aires de fantasmas apocalípticos) incrementa las tensiones y nos hace más permeables a la vivencia de angustia, las ansiedades o las obsesiones compulsivas. Es preciso comprender que, en esta ocasión, lo personal o lo particular queda excedido pero no por ello nos desreponsabiliza sino que, al contrario, nuestro modo de acción incide enormemente. Los eventos de similar magnitud ponen a prueba y desafían nuestras capacidades de afrontamiento.

El efecto de lo traumático

Desde el foco psicoanalítico, el temor excesivo, la idea de muerte que amenaza, el riesgo de lo real,  son la alarma que activa la sensación de indefensión y primitivos desamparos de la constitución psíquica. El trauma  excede a las capacidades de recursos subjetivos con los que cuenta cada bagaje psíquico hasta el momento.
Las situaciones de alta intensidad que nos vulneran se escapan a aquello que nos identifica en la singularidad de cada historia y la supera, nos deja inermes, tal como sucede en situaciones extremas como guerras, catástrofes naturales, accidentes graves,  violencias, dictaduras, epidemias, desastres que tienen efecto y consecuencia de arrasamiento material, físico, simbólico y psíquico, experiencias que requerirán de procesamiento psicológico para conseguir elaborar lo traumático.
Dicho esto, es claro que el atravesamiento o la transformación de la experiencia luego fortalece la persona y permite que se produzcan resiliencias vitales.

Hoy se solicita tomar distancia, evitar contacto corporal, suspender actividades sociales, aislarse, con lo que se incrementa la sensación de soledad y desamparo que afecta a diferentes trastornos psicológicos, limitando la contención afectiva que habitualmente promovemos como factor esencial para la salud mental.
Ante este escenario, bien vale el recurso de usar la tecnología para mantenernos comunicados y acompañarnos; desempolvar libros o músicas; redescubrir intereses de lo propio. También se abre la oportunidad de pensar/se y hacer un registro consciente del cuidado preventivo.

El fenómeno que nos invade desorganiza nuestras pautas de vida cotidiana, nos desestabiliza y vulnera, por lo cual se requerirá de la cohesión colectiva junto a  las decisiones razonables que nos amparen ante lo que irrumpe masivamente.

La alarma, al ser global, nos vuelve parte y testigos de un fenómeno inédito, extraño pero compartido social y mundialmente, lo que puede brindar consuelo a la espera de una solución. Para que, más temprano que tarde, el Coronavirus pase a ser una anécdota curiosa y se recuperen la libre circulación, la aventura de viajar, el disfrute de la cultura y la riqueza de los encuentros.

Lic Nora Spatola
Asociación Civil La Causa